Más que empezar por los milagros, vamos a hacerlo desde esas pobres gentes que se los solicitaban a Jesús. Cuando alguien pide una acción extraordinaria, es que lo ordinario ya se le ha quedado corto, ?por Dios, mi hijo tiene cáncer, no puedo vivir si él no sana?. He conocido a mucha gente que ha decidido poner aparte a Dios cuando sus hijos han muerto, y desde entonces han redefinido la vida como una mueca, un fraude, una pantomima. Y es porque cuanto más vivimos, más descubrimos que la vida no nos soluciona la propia vida, que no es un paraíso que nos espera. Pero a veces, el discurso oficial nos habla en esos términos. El jardín del Edén está aquí, y yo tengo que trabajar duro para encontrarlo. Pero es que hay que negar la mayor, no es verdad. Más que Edén, aquí hay un puñado de ictus escondidos detrás de las fachadas de las casas, de repente se apoderan de ti y empiezas a ver borroso. También hay momentos maravillosos, pero se van como las nubes. He pensado muchas veces lo pequeño y breve que es el mundo para vivir y decirnos todas las cosas importantes. No sé, no podemos hacerlo todo ni llegar velozmente a lo importante. Es como si fuéramos actores con un pedazo de guión, y se nos exige una puesta en escena cuidada. Pero el escenario es pobre y pequeño, hay poco atrezo, y además no hay mucho tiempo para llevarlo a cabo. Necesitaríamos una nueva dimensión de la realidad, no sé, algo mucho más profundo que todos de alguna manera intuimos. Además, tenemos que ir por la vida improvisando, que esa es otra. Nadie nació con un guion escrito de cabo a rabo bajo el brazo, nuestra vida es como el desarrollo de la película española ?Syrat?, nada está escrito, nada hay por delante, todo es susceptible de cambios radicales e inesperados. Los acontecimientos exteriores se irán encargando de ponernos a tiro de piedra cada reto. Por lo menos los actores de cine y teatro hacen eso que denominan ?trabajo de mesa?. Por trabajo de mesa se entiende los ensayos en los que cada uno dice en voz alta su papel, para que la compañía se vaya haciendo con la atmósfera y el tono de la obra. Pero nada, que ni trabajo de mesa tenemos. Por eso, cuando nos hemos marcado un guión, y el guión se desvía mucho, nos desesperamos. Y entonces aparece Jesús y dice, ?yo soy la vida?. Es decir la vida no es lo que sucede durante las veinticuatro horas del día, sino una persona. Lo comprobó aquella mujer que tenía flujos de sangre y tímidamente alcanzó al Señor con un dedo sanguinolento y se llenó de una vida nueva. Así los leprosos, así los muertos. Todos los que estuvieron cerca de Él, se dieron cuenta de que la vida no estaba en las veinticuatro horas de la jornada, sino en el autor de las veinticuatro horas. A su manera, San Agustín nos lo contó en su obra maestra ?La Ciudad de Dios?. En este mundo hay dos ciudades: la de Dios, que es eterna, se caracteriza por el amor incondicional de Dios, así como por el amor al prójimo, y poco a poco se va gustando en los sacramentos. Y la ciudad terrena, la morada temporal donde los seres humanos alquilan piso (y los afortunados lo compran) y viven hasta su muerte. En la terrenal están las instituciones sociales, políticas, las familias, los estados, las organizaciones internacionales. Las dos van de la mano hasta que al final de los tiempos se separarán. Cuando habitamos la ciudad terrenal no deberíamos soltarnos de la mano de la de Dios. Si lo hacemos, las enfermedades nos ahogan y nuestras reflexiones nos pueden llevar a sumideros de tristeza profunda. Todos los que en el Evangelio de hoy buscan un milagro, buscan inconscientemente a Jesús, que es la respuesta al interrogante de por qué este mundo es tan pequeño y tan breve para vivir y para decirnos todas las cosas importantes.